Las montañas se cubren con un manto que contiene todas las tonalidades, desde el verde esmeralda hasta el otoñal. Esa vestimenta natural la forman los árboles, los arbustos y las delicadas hierbas. Las raíces se entretejen, forman una red bajo la tierra que estabiliza el suelo y previene la erosión.
La confección de esos ropajes fue paulatina y llevó miles de años. En sí, las montañas se vistieron de color verde antes de la aparición del hombre sobre la Tierra. A todo lo alto, en los huecos de las rocas, el nido de halcón espera el nacimiento de los polluelos. Murciélagos, mariposas, insectos coloridos, reptiles, armadillos, liebres, ardillas. Venados y lobillos. Todos ellos habitantes de las verdes montañas, viven en equilibrio, reciben las lluvias que alimentan los riachuelos, beben en los manantiales. Aceptan el viento y el fuego ocasional producido por algún rayo.
El panorama parece ser la introducción a un cuento infantil, pero es así en realidad, o al menos, antes de la llegada de hombres y mujeres en busca de alimento y de materiales para construir sus viviendas.
Poco a poco, el ser humano, rey de la creación, comenzó a interferir con la belleza y el equilibrio existente en las montañas y los valles. En un principio eran pocos. Tomaban las ramas desgajadas de manera natural, por el excesivo peso o por la acción de los rayos. Luego comenzaron a cortar los troncos más delgados, luego los robustos centenarios porque de ahí obtenían la mejor madera. No se contentaron con lo que necesitaban e iniciaron el comercio.
Los leñadores se internaron en la montaña y subieron. Descubrieron la maravilla de flora y fauna. Durante del día cortaron árboles y cazaron, durante la noche encendieron fogatas. Las candentes brasas no se apagaron por completo y comenzaron los incendios. Pero no había problema, pensaron, el manto de la montaña era interminable.
Los hombres se reprodujeron y enseñaron a sus hijos el sagrado lugar en donde podían encontrar el sustento. Con el paso del tiempo, más y más, recorrieron las montañas y los valles extrayendo sus riquezas. Aún continúan haciéndolo y si en el pasado las herramientas les permitían talar un árbol a la semana, ahora arrasan hectáreas con las poderosas máquinas.
Los legítimos habitantes comenzaron a morir. El nido de halcón y el de águila quedaron vacíos. El colibrí no encontró flores de donde extraer el néctar. Las botas de los leñadores furtivos pisotearon el suelo, introdujeron borregos, vacas, burros, mulas y caballos que se alimentaron de todo lo verde que había. Con ello, se destruyeron los incipientes árboles, tan finos y pequeños como cualquier otra planta y la montaña no pudo renovar su vestimenta.
La historia continuó con el desvío de los manantiales y los ríos hacia las comunidades, hacia las siembras. Las montañas comenzaron a quedar desnudas. Las redes de raíces murieron y no sirvieron más. Los árboles que atraían las lluvias y protegían de los vientos ya no existían. El agua de las tormentas cayó de golpe y no se filtró suavemente al subsuelo.
El hombre ideó la construcción de carreteras con el afán de comunicarse con otras poblaciones. Cortaron cerros, talaron árboles, desviaron los cauces naturales del agua. En donde antes la vista se posaba sobre los verdes generosos ahora encuentra aridez.
Al romperse el equilibrio el clima comenzó a cambiar. Las tormentas no encontraban contención y en una tarde trágica de 1999, los cerros se desgajaron en la Sierra de Puebla sepultando a las familias que habitaban, en la ladera de una barranca, en la población de Teziutlán. La tragedia se extendió a otras poblaciones. Los ríos crecieron desmesuradamente, se desbordaron, arrasaron con todo.
Este ejemplo ha ocurrido en otras partes del mundo y los seres humanos parecen no comprender la importancia de cuidar nuestro entorno. Pero algunos se han propuesto devolver el manto a las montañas y a los valles. De ahí que pensemos en reforestar México y gritar un alto a la deforestación.
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miércoles, 10 de junio de 2015
lunes, 17 de diciembre de 2012
Navidad Ecológica - Segunda Parte
Para estas fechas no
hay nada mejor que salir a buscar el pino de navidad que ambientará tu casa;
sin embargo, la deforestación en México afecta casi medio millón de hectáreas
por año.
Debido
a esta necesidad, surgió Siempre Verde,
una empresa que renta árboles vivos. Su programa busca generar un programa de
reforestación, para disminuir la tala de árboles.
Durante
cuatro meses cultivan los pinos, durante este tiempo crecen, además de
prepararlos para que llegado el momento los saquen de la tierra, con todo y sus
raíces, para mantenerlos vivos.
Posteriormente
son trasladados a su centro de distribución y de ahí transportados hasta tu
hogar. Quien adopte el árbol deberá cuidarlo hasta después del Día de Reyes,
para que después sea llevado a un bosque. De hecho son provistos con alimento e
instrucciones para que el árbol esté sano.
Los
tamaños de los árboles, al igual que sus precios, varían desde 1.20 metros y
llegando hasta los 2.30 metros. El rango de costos va desde los $650 a los $1,150
pesos.
Para rentar un pino puedes visitar su página de internet http://siempreverde.net o contactarlos al teléfono 9000.4600. Siempre Verde inicia sus labores el 15
de noviembre y concluyen el 15 de diciembre. ¿Por qué no comienzas esta Navidad
con tu propósitos de Año Nuevo, cuidando del ambiente con una Navidad más
ecológica?
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